|
La
vida religiosa es un don que hay que desarrollar en comunidad. Es
signo de que es posible vivir entre hermanos.
En la Congregación, la Eucaristía es el centro de
nuestra vida, el vínculo de nuestra unión fraterna
y la fuente de nuestro servicio apostólico.
La Liturgia de las Horas es la alabanza y la oración de la
Iglesia que habla de Dios con las mismas palabras de Dios. Así
santificamos el día que el Señor nos da para vivir
plenamente al servicio del hermano.

La oración personal y comunitaria es para nosotras una necesidad
vital, ya que renovamos nuestra intimidad con Cristo, que nos invita
a orar en el silencio: Subió al monte a solas a orar
(Mt 14,23).
El compartir la misma vida consagrada según unas mismas Constituciones,
la experiencia de Dios en la Congregación, exige un clima
de cordialidad, de verdad, de delicadeza y discreción que
favorece la amistad y el amor reflejando la madurez de la vida consagrada.
En nuestra vida de entrega y en el fiel cumplimiento de nuestras
Constituciones, tenemos en cuenta la dimensión ascética:
Pues a vosotros se os concedió la gracia de que, por
Cristo, no sólo creáis en Él, sino también
que padezcáis por Él (Flp 1,29).
María, Madre nuestra y Madre de la Iglesia, por su disponibilidad
sin reserva es para nosotras modelo de fidelidad y entrega. Según
el plan de Dios que ha dado a Cristo al mundo por medio de María,
no separaremos a Cristo de su Madre (LG 52-53).
|